Apenas empezó el colegio y aprendió a escribir las vocales y su nombre, sus padres le regalaron un lapicero. Le enseñaron que escribir era algo así como deprenderse de una parte de su vida para inmortalizarla y seguir escuchando sus latidos allende la eternidad. Aunque a él le aterraba la idea de desprenderse de algo tan estimado, en el fondo le llamaba la atención el poder que tenían las letras plasmadas sobre el papel. Así, su infancia se consumió girando al compás del sacapuntas. Pero los desmanes y sus primeras decepciones con el mundo le fueron deformando esa caligrafía dulce e inocente de la primavera de su vida, hasta tal punto que llegó a no saber interpretar los símbolos que escribía, lo que quería decir su corazón a través del grafito.
Es por ello que, recién estrenada su pubertad, sus padres le dieron una máquina de escribir y el título de hombrecito. Tenía que aprender a pisar firmemente el presente con perspectivas a un futuro allanado, escribir lo vivido para no caer en los mismos errores en el devenir diario. Aunque en un principio creía estar dando vida a letras sin identidad propia, todas con la misma forma perfecta y en renglones rectilíneos, se acostumbró a escribir en los días de sol imitando con el tecleo el sonido de las gotas desintegrándose contra el suelo cuando llovía. Pero la lluvia se mimetizó con aquella melodía de piano sordo y empapó el testimonio de todo lo vivido en esos años, formando ríos de tinta que perdieron todo el significado que les caracterizaba.
La vida seguía un ritmo cada vez más vertiginoso y el escriba no podía resumir todo lo que pasaba delante de sus ojos. Como ver pasar la vida sin contarla se le antojaba sinónimo de no haberla vivido, sus padres le obsequiaron con un ordenador de última generación. Maravillado por la capacidad de corregir sin dejar un borrón negruzco y escribir sin necesidad de utilizar papel que quedara relegado a los cajones del olvido, relató con una intensidad de cincuenta kilobytes de memoria consumidos por día. Sus dos gigas de RAM facilitaban su vida de tal manera que incluso empezó a escribir de lo que no había vivido aún para tener la lección aprendida cuando llegaran esos días. Mas su corta experiencia en el ámbito de la vida moderna le impidió proteger su corazón con un antivirus actualizado e inmune a los contratiempos del destino. Todos sus archivos fueron fulminados por un troyano sin conciencia ni reparo alguno y, cuando apagó su ordenador por última vez, sintió que su vida se iba con ese cierre de sesión.
La vida seguía un ritmo cada vez más vertiginoso y el escriba no podía resumir todo lo que pasaba delante de sus ojos. Como ver pasar la vida sin contarla se le antojaba sinónimo de no haberla vivido, sus padres le obsequiaron con un ordenador de última generación. Maravillado por la capacidad de corregir sin dejar un borrón negruzco y escribir sin necesidad de utilizar papel que quedara relegado a los cajones del olvido, relató con una intensidad de cincuenta kilobytes de memoria consumidos por día. Sus dos gigas de RAM facilitaban su vida de tal manera que incluso empezó a escribir de lo que no había vivido aún para tener la lección aprendida cuando llegaran esos días. Mas su corta experiencia en el ámbito de la vida moderna le impidió proteger su corazón con un antivirus actualizado e inmune a los contratiempos del destino. Todos sus archivos fueron fulminados por un troyano sin conciencia ni reparo alguno y, cuando apagó su ordenador por última vez, sintió que su vida se iba con ese cierre de sesión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario